«Venid a mí todos los que estáis cansados y lleváis cargas pesadas, y yo os daré descanso. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil y mi carga ligera» (Mateo 11:28-30, NRSV).
La convincente invitación expuesta anteriormente debe equilibrarse con lo que Jesús dice en otros pasajes respecto a las exigencias que se imponen a quien se convierte en su discípulo. Por ejemplo, también dijo: «El que viene a mí y no aborrece a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo. Quien no lleve su cruz y me siga, no puede ser mi discípulo. Por lo tanto, ninguno de vosotros puede ser mi discípulo si no renuncia a todas sus posesiones» (Lucas 14:25-33, NRSV).
¿Cómo se puede conciliar el principio de que el discipulado cristiano es «fácil» y «ligero» con la pesada exigencia de ese discipulado que se presenta en Lucas? La respuesta gira en torno a la cuestión de llevar la carga y nuestras actitudes hacia ella. Como seres humanos, cada uno de nosotros lleva pesadas cargas debido a nuestras imperfecciones personales y a la calidad de vida que llevamos. No son tanto las circunstancias en las que nos encontramos, sino cómo evaluamos esas condiciones lo que determina el peso de las cargas que soportamos. Las cargas aumentan o disminuyen según el espíritu que poseemos. Si vivimos con un espíritu de resentimiento, ira, egoísmo, envidia, orgullo, autocompasión y otras actitudes negativas y dañinas, la vida será una pesada carga, independientemente de cuál sea la calidad general de nuestras circunstancias. Por otro lado, si nuestra mente y nuestro corazón están dominados por el espíritu de gratitud, generosidad, perdón, paciencia, aprecio, bondad y misericordia, las cargas de la vida se verán decididamente aligeradas.
Jesús conocía, y los verdaderos discípulos experimentan, el poder transformador del Espíritu Santo de Dios que actúa sobre el corazón y la mente. Es en el seno de esta experiencia transformadora donde el discípulo experimenta la eliminación de esas pesadas cargas que le roban la satisfacción, la alegría y la esperanza. El discipulado, aunque nos exige todo de todas las maneras, se convierte así en algo deseable y gratificante. Aquellos que han experimentado y están experimentando el Espíritu de Dios en su interior son impulsados «tanto a querer como a actuar para su beneplácito» (Fil. 2:13). Tales personas experimentan el alivio de las cargas causadas por el pensamiento mundano (pecaminoso). Las nuevas cargas del discipulado son verdaderamente ligeras en comparación, porque se consideran oportunidades preciosas para mostrar gratitud a Dios y fidelidad a Jesús como Señor.
Esta nueva vida en la que el Espíritu de Dios domina en última instancia cada pensamiento y cada acción es el ámbito de la realidad en el que el discípulo experimenta paz y alegría. No es que las dificultades de la vida desaparezcan, sino que se ven desde una perspectiva diferente —una perspectiva que el Espíritu de Dios hace posible. Cuando se vuelve natural anteponer el interés de los demás al propio; cuando se vuelve natural amar a Dios y a Cristo más que cualquier otra relación humana; entonces, y solo entonces, comprenderemos lo que Jesús quiso decir cuando dijo: «Mi yugo es fácil y mi carga ligera».
R. Frye ©CDMI, Traducido por Carlos Vargas