Hay un dicho que dice algo así: «Si parece un pato, camina como un pato y grazna como un pato, entonces es un pato». Este razonamiento no es nada nuevo. Jesús dijo: «Por sus frutos los conocerán». Y de nuevo, en Mateo 12:35-37 dice: «El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca cosas buenas; y el hombre malo, del mal tesoro saca cosas malas… Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado». Fíjate aquí en que el Señor dice «tú», ya que nos está hablando individualmente, sin juzgar a nadie. Sin embargo, la idea es claramente que debemos ser discernidores y usar la sabiduría contenida en la Palabra del Señor para mantener las influencias dañinas (la levadura) fuera de nuestras vidas y, lo que es igual de importante, lejos de todos aquellos que se esfuerzan por hacer la voluntad de Dios.
Por lo tanto, es necesario que distingamos entre juzgar los frutos y juzgar, buscar defectos y condenar el corazón y los motivos de otra persona. El Señor nos dio muchos ejemplos e instrucciones sobre cómo debemos andar según el Espíritu... y es necesario tener un corazón humilde que no condene ni tome como algo personal el mal comportamiento. Este espíritu se plasma en esa vieja expresión: «Odia el pecado, no al pecador». Al mismo tiempo, como se ha señalado anteriormente, Dios nos da su Palabra para que distingamos entre lo que es bueno y lo que es malo (Hebreos 5:14), o contrario a su voluntad.
Por favor, lea la parábola que Jesús contó sobre un pecador, como todos nosotros (Romanos 3:9-10), que buscó humildemente el perdón y se fue justificado, sin que se le imputaran sus pecados, mientras que otro hombre, también pecador, que se consideraba justo, no fue justificado. Esta parábola del fariseo y el publicano que oraban, que se encuentra en Lucas 18:10, se centra en la importancia del don espiritual de la humildad (Gálatas 5:22-23) como única condición por la que podemos recibir la gracia de Dios al acercarnos a Él a través de Su Hijo, ya que «Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes» (1 Pedro 5:5).
Al igual que el publicano de la parábola anterior, que se humilló ante Dios, también lo hizo la mujer que lavó los pies de Jesús con su cabello y sus lágrimas. Jesús no discutió que ella fuera pecadora, sino que le dijo a Simón, el fariseo, en Lucas 7:47: «Sus muchos pecados le son perdonados, porque ha amado mucho; pero a quien poco se le perdona, poco ama». Esta es una afirmación que hay que tomar en serio, pues establece una correlación positiva entre perdonar y ser perdonado. Al igual que el publicano, esta mujer sabía que era pecadora y demostró su amor por el Señor, que vino «no para destruir», como dijo a Santiago y Juan, «sino para salvar» (Lucas 9:56).
«Dios es amor». Y aquí Jesús demostró su semejanza con nuestro Padre Celestial al mostrar siempre misericordia a los humildes; a todos aquellos que buscan misericordia, como en estos dos ejemplos. Recordemos también lo que Jesús nos dice en Mateo 6:14: «Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también vuestro Padre celestial os perdonará a vosotros».
En un tema relacionado, en Mateo 18:21 leemos: «Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí, y yo le perdonaré? ¿Hasta siete veces?». La respuesta que Jesús dio en el versículo siguiente es asombrosa y demuestra cuán ENORMEMENTE nos ama Dios, incluso a nosotros los pecadores. Jesús dijo: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Aquí el Señor nos instruye a mostrar misericordia siempre y continuamente, tal como Él es misericordioso… a perdonar una y otra vez al ofensor que reincide y se arrepiente. Ahora pregunto: «¿Cuántas veces acudimos al Señor para pedir perdón por las mismas ofensas?» Dada la respuesta obvia, recordemos lo que Él advierte en Mateo 6:15: «Pero si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre celestial perdonará vuestras ofensas». Es evidente que el amor trasciende el juicio, y la humildad nos permite anteponer a los demás a nosotros mismos para obtener esa mayor recompensa que proviene de la obediencia (Juan 14:23).
Ahora pregúntate: «¿Deberíamos volvernos más seguros de nosotros mismos a medida que crecen nuestro conocimiento y nuestra comprensión?». Creo que la respuesta es «NO»; que lo contrario es cierto. Un mayor conocimiento y comprensión deberían hacernos mucho más humildes, tal como lo fue el mismo Jesús, pues a medida que crecemos en la apreciación de la gloria de Dios, nuestra propia importancia debería disminuir enormemente frente a ese entendimiento. Y como enseñan las Escrituras, cuanto más aprendamos y mayor sea nuestra comprensión, más se nos exigirá (Lucas 12:48). Dado que los caminos de Dios son siempre mucho más grandes que los nuestros (Isaías 55:8-9), deberíamos ser verdaderamente humildes, buscando siempre en el Señor una mayor comprensión, un proceso interminable, incluso eterno. También deberíamos tener siempre presente que aquellos con quienes interactuamos son hijos del Señor, lo que no nos da derecho a interferir juzgándolos. Ante su propio señor se mantendrá firme o caerá (Romanos 14:4).
Pero a diferencia del pato del adagio inicial, que está limitado a su curso carnal, el hombre, creado a imagen de Dios (Génesis 1:27), puede trascender la carne y caminar según el Espíritu, si el deseo de su corazón es caminar con Dios.
Sin embargo, primero debe humillarse bajo la poderosa mano de Dios y demostrar su amor por Él al guardar Sus mandamientos. Entonces resplandecerán los dones espirituales (Gálatas 5:22-23). ¡Venid; caminemos juntos en el Espíritu del amor de Dios!
J. DiCesare © CDMI, Traducido por Bryan Echegoyen