Todos sabemos lo que significa y cómo se siente estar quebrantado o destrozado, sentirnos hechos pedazos, sentir como si nuestro mundo se hubiera desmoronado... Vacío. Nuestra alma es un vacío que no se puede llenar, un dolor que no tiene consuelo y una herida que nunca deja de sangrar. Sin embargo, la mayoría de los cristianos no comprenden lo que enseña la Biblia sobre el quebrantamiento. Es casi imposible pensar que tenga algo que ver con la bendición. Por lo tanto, lo último que desean en la vida es experimentarlo.
En una época en la que se oye hablar tanto de la prosperidad cristiana (un concepto mayoritariamente estadounidense) —la sanación de nuestras enfermedades por parte de Dios y el supuesto gran deseo de Dios por nuestra felicidad—, el mensaje del quebrantamiento no tiene buena acogida ni resulta atractivo para mucha gente. De hecho, solo atrae a aquellos que quieren lo mejor de Dios y no lo suyo propio. Son conscientes de que esos dos elementos no son, por naturaleza, lo mismo.
Ellos se dan cuenta de que, si bien el quebrantamiento en sí mismo no es algo que se pueda buscar, sino que es obra de nuestro Señor Soberano, tampoco es algo que debamos tratar de evitar. Ocurrirá y debe ocurrir.
Como aprendemos del profeta Jeremías, Dios es el Alfarero; nosotros, la arcilla. Es una analogía muy repetida, pero de la que se acuerda poco. El Padre nos está moldeando y dando forma en su torno y, con nuestra cooperación, como si fuéramos arcilla, nos convertirá en un vaso para su gloria. Nuestra cooperación, sin embargo, no es algo seguro. Hay momentos en los que ya no somos maleables. Quizás surja una burbuja en la arcilla mientras se trabaja en el torno. Esa burbuja podría ser un pecado o podría ser obstinación en un área de nuestras vidas que nos negamos a entregar a Su mano. Si Él continuara girando la arcilla, el resultado sería un recipiente deforme. Él no producirá tal pieza. Tiene fama de ser un alfarero experto y mantendrá esa reputación con honor. No le queda más remedio que detener Su torno, presionar la arcilla y comenzar de nuevo.
Este aplastamiento es la obra de quebrantamiento de Dios y, cuando comienza, resulta dolorosamente impactante. Nosotros, a diferencia de nuestro Padre Omnisciente, a menudo no somos conscientes de nuestros propios pecados internos y de los defectos de nuestro carácter que se interponen entre quienes somos y quienes Él ha destinado que seamos. En consecuencia, cuando comienza el quebrantamiento, quedamos atónitos. Nos preguntamos dónde está Él y abandonamos la confianza que una vez tuvimos en Su amor y sabiduría.
Solo vemos el caos de ser quebrantados. Sentimos el dolor, la confusión y la desorientación mientras somos zarandeados por una tempestad de dudas sobre nuestra relación con Dios, ¡llegando incluso a cuestionar si Él está ahí en absoluto!
Pero tengamos ánimo. Aunque la experiencia parezca estar destrozando nuestras almas, desde el punto de vista de Dios es un proceso sistemático y ordenado. Dios nunca pierde el control del proceso de quebrantamiento. Es una parte integral de Su obra. Sufrimos por la aflicción de no conocernos a nosotros mismos y de no saber qué partes de nosotros están obstaculizando Su obra en nuestras vidas. Incluso en nuestro estado más maleable y dócil, somos, en muchos sentidos, incapaces de ver nuestro propio lado oscuro. Pero no nos equivoquemos: Él sabe con precisión cuáles son esas partes, dónde debe ejercer presión y cuán grande debe ser esa presión. Al fin y al cabo, Él es un experto.
Al igual que un alfarero, cuando encuentra un defecto o una «burbuja» en su arcilla, no busca destruirla ni siquiera desecharla. La amasa aún más, invirtiendo más tiempo y atención, y sigue trabajándola de nuevo —para volver a darle forma y convertirla en un recipiente de honor. Por su integridad, no puede producir nada menos que eso.
Por muy grande que sea el dolor, su propósito no es destruirnos, sino llevarnos a la plenitud, a la madurez y a un lugar útil en su reino. Esa es la parte más importante de ser quebrantados: la utilidad. Es cierto que, mientras nuestra vieja naturaleza es vencida por el proceso de quebrantamiento, es igualmente cierto que se revelan talentos desconocidos, dones para su obra que nunca se habrían conocido si Él no nos hubiera quebrantado. En verdad, Él obra y siempre ha obrado en todas las cosas para el bien de aquellos que le aman. Nos corresponde a nosotros dejar que el Alfarero haga lo que quiera con nosotros.
Ya sea con el propósito de limpiarnos de faltas secretas, o de extraer de nuestras almas un don o talento oculto, ser quebrantados es doloroso y difícil. Sin embargo, es bueno. No es algo que deba evitarse a toda costa. Más bien, es algo que debe afrontarse con fe. Nuestra resistencia y nuestra victoria solo vendrán si cumplimos el voto que hicimos de total sumisión a Él con sinceridad. Dios no está tratando de quebrantar nuestro espíritu, sino nuestra voluntad. El quebrantamiento continuará solo el tiempo que sea necesario para que eso se logre, y ni un momento más. Por esta causa, humillémonos bajo Su poderosa mano y sometámonos al Padre Yahvé en tiempos de quebrantamiento, para que Él nos exalte a su debido tiempo, y podamos ser todo lo que Él ha diseñado que seamos.
«Baja a la casa del alfarero, y allí te daré mi mensaje». Así que fui a la casa del alfarero, y lo vi trabajando en el torno. Pero la vasija que estaba moldeando con el barro se estropeó en sus manos; entonces el alfarero la transformó en otra vasija, dándole la forma que le pareció mejor. Entonces vino a mí la palabra del Señor... “¿No puedo hacer contigo lo que hace este alfarero? ... Como el barro en la mano del alfarero, así eres tú en mi mano” (Jer. 18:2-6).
J.Funari © CDMI, Traducido por Carlos Vargas