Para aquellos de nosotros que tenemos «OJOS QUE VEN» y «OÍDOS QUE OYEN» (Mateo 13:16), el mensaje que Jesús trajo a sus seguidores, es un mensaje de «buenas nuevas de gran alegría que será para todo el pueblo» (Lucas 2:10, 11), además es una oferta increíble para seguirlo, imitar su ejemplo y convertirnos en miembros de su Esposa y de su Sacerdocio. Sin embargo, todavía nos cuesta creer que tal oferta se nos haya hecho a nosotros.
Quizás por eso los apóstoles nos dan la seguridad de estas promesas en sus escritos. Véase 2 Corintios 15:51-54; 2 Pedro 1:4; Apocalipsis 5:9, 10; 14:1-5, etc.
Puesto que se nos ha extendido esta invitación, repasemos lo que se espera de nosotros, según las claras instrucciones que nos ha dado nuestro Maestro, Guía y Señor. En Mateo 10:37-39, Jesús dijo:
«Cualquiera que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; cualquiera que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y cualquiera que no tome su cruz y me siga, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá, y el que pierda su vida por mi causa, la encontrará».
El apóstol Pablo dijo: «He sido crucificado con Cristo y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gálatas 2:20). Esa debe ser nuestra meta. «Cristo en vosotros, la (única) esperanza de gloria» (Colosenses 1:27). ¿Cómo ocurre esto? Jesús nos da la respuesta en Juan 14:23: «Si alguno me ama, obedecerá mi enseñanza; mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos nuestra morada en él».
Entonces, ¿cuál es esta «enseñanza» que Jesús nos dio? Cuando le preguntaron: «¿Cuál es el mandamiento más grande de todos?», sabemos que su respuesta se encuentra en Mateo 22:37-40 y Marcos 12:28-31. Luego, en la Última Cena, les dio otro mandamiento: «¡Un mandamiento nuevo les doy! Que se amen los unos a los otros, como yo los he amado, así deben amarse los unos a los otros. En esto conocerán todos que son mis discípulos, si tienen amor los unos por los otros» (Juan 13:34, 35). Para enfatizar este punto, lo repitió en Juan 15:12, 13 diciendo: «Este es mi mandamiento: Que se amen los unos a los otros como yo los he amado. Nadie tiene mayor amor que este: que uno ponga su vida por sus amigos».
Este debe ser el principio rector de nuestra vida si queremos ser verdaderos seguidores de Jesús. El AMOR no es meramente un sustantivo; ¡debe ser un verbo en nuestras vidas, manifestado en nuestras acciones!
Escucha al apóstol Juan en su primera epístola 1 Juan 3:14, 16-19: «Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a nuestros hermanos. Quien no ama permanece en la muerte. Así sabemos lo que es el amor. Jesucristo dio su vida por nosotros y nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos. Si alguien tiene bienes materiales y ve a su hermano en necesidad, pero no tiene compasión de él, ¿cómo puede estar el amor de Dios en él? Queridos hijos, no amemos de palabra ni de lengua, sino con hechos y en verdad, y así tranquilizaremos nuestros corazones en su presencia».
En Santiago 2:8, 14 y 17 se afirma: «Si realmente guardas la ley real que se encuentra en las Escrituras: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, estás haciendo lo correcto».
Luego pregunta: «¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso esa fe puede salvarlo? Supongamos que un hermano o una hermana no tienen ropa ni comida diaria, y uno de ustedes les dice: “Vayan en paz; que les vaya bien; abríguense y aliméntense bien”. Pero no hace nada por sus necesidades físicas, ¿de qué sirve? Del mismo modo, la fe por sí sola, si no va acompañada de obras, está muerta».
Durante los primeros años de la iglesia, los hermanos de Jerusalén atravesaron tiempos difíciles, tanto económicamente como por la persecución (Hechos 8). En su primera carta a la iglesia de Corinto (hacia el año 55 d. C.), Pablo anima a hacer una colecta para la congregación de Jerusalén (1 Cor. 16:1-4). Luego da seguimiento a esta petición en su segunda carta. Véase 2 Cor. 8: 7-9.
Tenemos, por tanto, ejemplos claros de cómo debemos dar la vida por nuestros hermanos, tanto a nivel individual como en las congregaciones. En realidad, al hacerlo no estamos muriendo, sino que estamos siendo crucificados como sacrificios vivos (Romanos 12:1).
Hebreos 13:15, 16 también nos dice: «Por medio de Jesús, pues, ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, el fruto de los labios que confiesan su nombre, y no olvidemos hacer el bien y compartir con los demás, pues con tales sacrificios Dios se complace».
Por último, Gálatas 6:9, 10 nos recuerda: «No nos cansemos de hacer el bien, pues a su debido tiempo cosecharemos, si no desmayamos. Por lo tanto, mientras tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y especialmente a los de la familia de los creyentes».
D. Anas ©CDMI Traducido por Bryan Echegoyen