Nuestro texto, una verdadera joya de verdad, expresa el gran principio personal de nuestra salvación. La pertenencia a Dios y nuestro discipulado están profundamente unidos. Estas cinco palabras encierran tres elementos: primero, una afirmación; luego, una petición; y finalmente, una convicción. Considerémoslos en ese orden.
¡Qué declaración tan tremenda… si realmente es cierta en nuestro caso! Porque de ella se desprenden tantas cosas.
¿Nos atrevemos a decirle a nuestro Dios: “Yo soy tuyo”?
¡Cuán maravilloso sería poder hacerlo, por todos los privilegios y posibilidades que esto implica!
A una declaración así, el Señor responde:
como bien nos dice (Isaías 43:1):
«No temas, porque yo te he redimido; te he llamado por tu nombre; tú eres mío».
¡Cómo estas palabras resuenan una y otra vez con el mensaje de redención de nuestro bendito Señor Jesús!
Y cuán cierta es esta declaración de Dios: “Tú eres mío”, pues esta posesión es cuádruple y se revela claramente en Su Hijo, Jesús.
Primero, por creación, como leemos en (Juan 1:3):
«Todas las cosas por medio de Él fueron hechas, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho».
Segundo, por redención, pues Jesús se dio a sí mismo en rescate por todos, como nos recuerda (1 Timoteo 2:6).
Tercero, por regeneración, como vemos en (Efesios 5:26):
«habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra».
Y cuarto, por nuestra entrega en obediencia, como leemos en (Romanos 6:13):
«presentaos a Dios como vivos de entre los muertos».
Consideremos, entonces, estos cuatro aspectos.
¡Cuán maravillosa es nuestra creación!
Como leemos en (Salmo 119:73):
«Tus manos me hicieron y me formaron».
Y también, como nos recuerda (Salmo 100:3):
«Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos; pueblo suyo somos, y ovejas de su prado».
Y aún más, como bien nos dice (Salmo 139:14):
«Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras».
¡Cuán costosa es nuestra redención!
Como leemos en (1 Pedro 1:18–19):
«no fuisteis rescatados con cosas corruptibles… sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación».
Y como nos recuerda (Colosenses 1:14):
«en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados».
¡Cuán asombrosa es nuestra regeneración!
Como bien nos dice (Efesios 2:4–5):
«Dios, que es rico en misericordia… nos dio vida juntamente con Cristo».
Y como leemos en (Tito 3:4–7):
«nos salvó… por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo».
¡Y cuán natural y digno es nuestro rendirnos completamente a Él!
Como nos recuerda (1 Corintios 6:19–20):
«no sois vuestros… habéis sido comprados por precio».
Y como leemos en (1 Pedro 2:5):
«vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual».
Detengámonos a pensar lo que esto implica en nuestra consagración:
Ya no podemos vivir como antes. No puedes escribir aquello… porque tu mano no es tuya: es Suya.
No puedes ir a ese lugar… porque tus pies no son tuyos: son Suyos. No puedes hablar de esa manera… porque tu lengua no es tuya: es Suya.
Él mira tu corazón y dice: “Tú eres mío”.
Y tú, al mirar el Suyo, respondes:
“Sí, Señor… soy tuyo”.
Y el alma canta:
“Toma mi amor, Dios mío; a tus pies derramo su tesoro;
tómame a mí mismo: deseo ser siempre, solo, todo para Ti.”
En segundo lugar, encontramos la petición: “Sálvame”.
¿Sálvame de qué? De nuestros pecados cotidianos que nos rodean. De nosotros mismos, tantas veces la ruina de la vida cristiana. Del temor en todas sus formas, incluso el de dar testimonio, como nos recuerda (Romanos 10:9).
De la complacencia espiritual sin servicio. De todo aquello que obstaculiza un discipulado pleno. Pero no solo se trata de ser salvados de algo, sino también de ser salvados para algo:
Para una vida santa que refleje a Cristo en lo cotidiano.
Para un gozo constante en el Señor. Para una entrega sincera en favor de los demás.
¿Puede esta salvación ser plena?
Como leemos en (Efesios 3:20):
«Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos».
Y también, como se nos recuerda en (Judas 24–25):
«Aquel que es poderoso para guardaros sin caída y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría».
Oh Amor que no me dejará,
en Ti descansa mi alma cansada;
te devuelvo la vida que te debo,
para que en las profundidades de tu océano
fluya más rica y más plena.
Finalmente, estas verdades nos conducen a una convicción firme.
La posesión de Dios sobre nosotros implica también Su compromiso hacia nosotros. Cuando Él dice que somos Suyos, no es irreverente creer que Él mismo se encargará de salvarnos. Si nosotros confiamos en Él, Él obrará fielmente. Porque siendo Suyos, Él desea salvarnos plenamente, como bien nos dice (Hebreos 7:25): «puede salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios».
Y como nos recuerda (1 Pedro 5:7):
«echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros».
Con humildad, podemos apropiarnos de Sus palabras:
Como leemos en (Malaquías 3:17): «serán para mí especial tesoro»
Como bien nos dice (Isaías 43:4): «eres precioso a mis ojos»
Y como nos recuerda (Isaías 49:16): «en las palmas de las manos te tengo esculpido»
Contemplemos nuevamente Su abundante provisión:
Él nos compró — como leemos en (1 Corintios 7:23)
Él nos escogió — como nos recuerda (Juan 17:6)
Él nos purifica — (Tito 2:14)
Él nos transforma — (2 Corintios 3:18)
Él nos exaltó — (Efesios 2:6)
En verdad, la gracia de Dios es inagotable.
Como bien nos dice (Efesios 2:5):
«por gracia ustedes son salvos».
Y ahora poseemos el don supremo:
como leemos en (Efesios 1:13–14) y (Efesios 4:30),
el Espíritu Santo como garantía de nuestra redención.
Me asombro al contemplar el océano de amor,
y sobre sus olas llega a mi alma la paz,
como una paloma celestial.
Ante una gracia tan incomparable,
¿podríamos dudar, como nos advierte (Lucas 12:29), de Su cuidado?
Como bien nos dice (Filipenses 1:6):
«el que comenzó en vosotros la buena obra la perfeccionará».
Y como leemos en (Hebreos 10:22–23):
«mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió».
El corazón responde:
“¿Cómo expresar con palabras la gratitud que arde dentro de mí? Pero Tú puedes verla allí.”
A la exhortación divina, como leemos en (Salmo 27:4, 8): «Buscad mi rostro», respondemos:
«Tu rostro buscaré, oh Señor».
Y como el salmista declara en (Salmo 116:12–14):
«¿Qué pagaré al Señor por todos sus beneficios?»
Y como bien nos dice (Gálatas 2:20):
«con Cristo estoy juntamente crucificado… y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí».
Y también, como leemos en (Efesios 3:17–19),
somos llamados a ser llenos de toda la plenitud de Dios.
Haz tu voluntad, Señor…
toma dominio absoluto sobre mi ser;
y lléname de tu Espíritu,
hasta que todos vean solo a Cristo viviendo en mí.
Y así, una vez más:
«Soy tuyo; sálvame».
Y escuchamos la respuesta divina:
«No temas… tú eres mío».
¡Unión sublime!
Como leemos en (Juan 17:23): «perfeccionados en uno».
¡Aleluya!
Traducido por Bryan Echegoyen ©CDMI