"Como el ciervo jadea por corrientes de agua,
así mi alma jadea por ti, oh Dios." (Salmo 42:1)
La imagen de un ciervo que jadea por las corrientes de agua probablemente no nos resulte familiar a la mayoría de nosotros, pero sin duda podemos hacernos una idea de lo que representa esta conmovedora imagen. La ilustración de David nos ofrece hoy un vívido recordatorio de la actitud que debemos tener en nuestro camino cristiano. El Salmo 42 fue escrito por David en un momento bajo de su vida, mientras se encontraba exiliado en el desierto. Lo más probable es que fuera durante la época en que tuvo que abandonar Jerusalén a causa de la rebelión contra él instigada por su hijo Absalón. Al leer el Salmo 42, podemos ver que es el clamor de un hombre en dificultades y alejado de la casa de su Dios y de la adoración en esa casa que tanto amaba. Al mismo tiempo, es la voz de un creyente espiritual que lucha contra la depresión, anhela la renovación de la presencia divina de Dios, enfrenta dudas y temores, pero se mantiene firme gracias a su fe en el Dios vivo.
La palabra «jadear» es la clave para comprender la profunda urgencia de la situación. Cuando un ciervo está a punto de jadear por agua, está desesperado. El agua ya no es un lujo, sino una necesidad de vida o muerte. David suplica por el gozo de la comunión con Dios. Se encontraba en un momento de necesidad urgente de su alma. No lo veía como un lujo, sino como una necesidad absoluta, como el agua para el ciervo sediento.
«Como el ciervo jadea por las corrientes de agua, así mi alma jadea por ti, oh Dios». Esta es una comparación básica que dice que con esta misma necesidad, intensidad o desesperación, como la de un ciervo que necesita agua desesperadamente, es como debemos desear y buscar activamente la presencia del Señor en nuestras vidas. Cuando David dice que su alma jadea por Dios, está diciendo que su ser interior, lo más profundo de su vida, todo lo que él era, está insaciable de sentir la presencia divina de Dios.
Nuestro deseo de la presencia del Señor en nuestras vidas es un compromiso serio y necesario. La sed es un apetito perpetuo que no debe ignorarse. Así debe ser el anhelo continuo de nuestra alma por Dios. Debe ser perpetuo y no debe ignorarse ni dejarse en un segundo plano. Cuando nos resulte tan natural anhelar fervientemente a Dios como a un animal le resulta tener sed de agua, entonces, en verdad, nuestras almas estarán bien.
R.Leavitt © CDMI, Traducido por Carlos Vargas